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Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la intriga de saber qué pasó realmente con Mateo y las toallitas. Prepárate, porque la verdad es mucho más impactante de lo que imaginas, una historia donde una herencia millonaria y una mansión olvidada jugaron un papel crucial.

La Farmacia “La Esperanza” era un bastión de tranquilidad en el bullicioso barrio de San Cristóbal. Sus estanterías repletas de medicinas, sus viejos frascos de cristal y el aroma a alcohol y eucalipto formaban parte de la identidad de Doña Carmen, su dueña. Ella era una mujer de cincuenta y tantos, con el cabello recogido en un moño estricto y unos ojos vivaces que no se perdían detalle. Había visto pasar generaciones de niños, sus dolencias y sus alegrías.
Pero Mateo, de solo siete años, era diferente.
Su rutina era inmutable. Cada día, justo después de la campana escolar, con su mochila a cuadros aún colgando de un hombro y sus zapatillas deportivas gastadas, Mateo aparecía por la puerta de cristal. Su figura era pequeña, casi frágil, y sus ojos grandes y oscuros parecían llevar el peso de demasiadas noches sin dormir. Siempre se dirigía directamente al pasillo de productos para bebés.
“Doña Carmen,” decía con una voz apenas audible, “necesito un paquete grande de toallitas húmedas, por favor.”
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Al principio, Doña Carmen no le dio mayor importancia. Pensó que tal vez tenía un hermanito pequeño, o que jugaba a ser papá con algún muñeco. Era algo tierno, incluso. Pero la frecuencia… y la cantidad. Un paquete grande. Cada día. Sin falta. Y siempre las mismas toallitas, las más absorbentes, las que prometían “máxima protección y limpieza”.
La curiosidad de Doña Carmen, alimentada por años de observar a la gente, empezó a picarle. Un día, mientras le cobraba, se atrevió a preguntar.
“Mateo, ¿para quién son tantas toallitas, mi niño? ¿Tienes un nuevo hermanito en casa?”
Mateo apretó los labios. Sus pequeños hombros se encogieron. Miró al suelo, luego a la puerta, como si buscara una ruta de escape. “Es… es para un desorden en casa, Doña Carmen,” balbuceó, su voz un susurro. “Hay mucho que limpiar.”
La explicación no la convenció. La mirada de Mateo era lo que realmente la perturbaba: una mezcla de miedo, vergüenza y una carga que parecía demasiado pesada para sus pequeños hombros. Era el tipo de mirada que se ve en los ojos de los adultos, no en los de un niño que debería estar pensando en juegos y caricaturas.
La inquietud de Doña Carmen creció con cada visita. Empezó a observar más allá de las palabras. Notó los pequeños detalles. La ropa de Mateo a veces estaba inmaculadamente limpia, recién lavada, pero otras veces presentaba manchas extrañas, como si hubiera estado en contacto con algo pegajoso o sucio. Su cabello, a veces peinado, otras veces despeinado y opaco. Y esa insistencia en las toallitas, como si fueran su salvavidas, su herramienta esencial para enfrentar lo que fuera que le esperaba en casa.
Un martes particularmente gris, Mateo apareció con los ojos hinchados y rojos, como si hubiera estado llorando durante horas. Su nariz moqueaba levemente y su piel estaba pálida. Pidió las toallitas con una urgencia inusual, su voz temblaba. “Por favor, Doña Carmen, las necesito rápido.”
En ese momento, Doña Carmen sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Algo estaba muy mal. Su instinto, forjado por décadas de vida y de ver las sombras que a veces se cernían sobre las familias, le gritaba que algo terrible estaba pasando en esa casa. No era un simple desorden. Era algo oscuro.
Mientras empacaba el paquete de toallitas, sus manos temblaban ligeramente. Mateo extendió la mano para tomar el cambio, y fue entonces cuando lo vio. Un pequeño moretón, de un color púrpura oscuro, en la muñeca del niño, casi oculto por la manga de su camiseta. No era un golpe de juego. Era una marca de presión, de agarre.
Ese fue el detonante.
Con el corazón latiéndole a mil por hora y la adrenalina corriendo por sus venas, Doña Carmen miró a Mateo, luego al viejo teléfono fijo que descansaba en el mostrador. Sabía que tenía que hacer algo, aunque el miedo a lo desconocido la paralizaba. No sabía a qué infierno se estaba a punto de asomar, pero la imagen del moretón en la muñeca de Mateo le dio la fuerza necesaria. Marcó el número de la policía, el 091, y con la voz entrecortada, empezó a relatar la extraña historia del niño y las toallitas, de su silencio, de su mirada de terror.
Lo que descubrió la policía al llegar a la casa de Mateo, una mansión que el tiempo había olvidado y que escondía una deuda millonaria, superaría las pesadillas más oscuras de Doña Carmen.